Capítulo 8: La Satanización del Demonio

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“Vendí y mutilé a mi sensei y a su papá…” – dijo un Mads veterano, comenzando a enumerar con sus dedos – “… cociné viva a mi mascota. Autodestruí mi autoestima antes de que existiera. Van 2 tíos que mato. ¿A poco creyó que me iba a detener con usted? No, dijeron que a chingar a su madre todo mundo y eso es lo que va a pasar. En algo tiene razón y sí, pobrecitas; casi nadie las anhela instintivamente. Pero no se preocupe por que en realidad se supone que los especímenes experimenten mucha tristeza antes de recogerlos. Los robots viejos llevan trillones de años esperando. Total que la reunión estaba hecha una suculenta salchichiza que excitaba y tribulaba a los machos presentes y yo no sabía. Voy a tener que colgar, luego le termino de contar” – el hombre de mediana edad cerró un teléfono que parecía imaginario y lo puso en su bolsillo.

“¿Qué quieres que hagamos esta vez?” – preguntó Latrommi, hablándole a la videocámara que Sartus estaba sosteniendo.

“Va a ser un proceso lento y tedioso. Indirectamente tienen que ayudarme a llegar a la única conclusión lógica. Cuando cumpla 26 años y 2 meses se me acabarán las ganas de repudiar al prójimo y mis poderes se activarán. Como ya les habré contado, lo único que le sobra a la creación es el odio. ¿De cuándo son? ¿Ya les hablé sobre la tolerancia infinita/indiferencia absoluta?” – preguntó Mads buscando datos en la pantalla.

“La última vez nos dijiste que te encerráramos y que hiciéramos una alianza con las otras hermandades” – dijo Malvolia y suspiró mientras Sartus la filmaba.

“¿Y a bracitos cruzados qué no le gustó?” – preguntó Mads sonriendo, casi leyendo su mente.

“No es justo” – dijo Malvolia, poniendo las manos en sus caderas.

“En mis tiempos encontré una mayoría de homínidos homosexuales y fue lo que les pedí a las plantas con raíces móviles. Entre los monos parlanchines sólo deberá haber una casta con lesbianas y varones heterosexuales; los demás al revés. Si hubieran resuelto la problemática en aquellos días, algunos hubiéramos desaparecido ¿Crees que estoy ciego o que soy un estúpido?” – Mads inquirió, imaginándose la respuesta.

“¿Nomás para arruinar las cosas? Todo estaba muy bien” – lamentó Malvolia, plantando la mirada en el suelo y  llevándose una mano a la nuca y después a la boca.

“Es para liberarlos. Ahí están los otros mamíferos y muchos desean a la hembra humana. También me he fijado que especialmente a los caballos y a los leones se les antojan nuestras damas. Ojalá hubiera minotauros otra vez…” – dijo Mads, ofreciendo (como acostumbraba) otros tipos de organismos – “… pero si funcionó y existen, no me los enseñen hasta que les diga que me los enseñaron y, hasta la fecha, no ha ocurrido” – siempre intentaba conseguir más Quelque Sapienses por doquier sin destruirse.

“Que te enseñen ¿qué?” – preguntó Iknotl.

“Los Quelque Sapienses; sólo los he visto a través del portal. Son seres capaces de comunicación verbal y razonamiento complejo, que se tocan la sien y filosofan” – contestó, tocándose la sien.

“¿Qué más nos pasa? ¿Tengo que hacer algo en específico?” – preguntó Ulrika temiendo fallar.

“Si, tu abandono es muy importante dado que te quería hacer feliz. Hazme creer que era semi-correspondido y recuerden, seguiré pensando que los otros varones desean exactamente lo mismo que yo. Te daré los pormenores en otro video. No puedes no traicionarme, el fin justifica todo. La ausencia de odio resuelve problemas. Es increíble. No voy manejando, soy un pasajero más” – dijo Mads, sabiendo que era el responsable de su caída.

“¿Y qué nos puedes decir acerca de las armas y el plan?” – preguntó Sartus, pues había forjado numerosas maneras viables para apropiarse de la isla.

“Nada es como lo imaginábamos. Cooperen con los instructores y si pueden ayudarles a aceptarse, mejor. Siempre fuimos mis especímenes. Me vi obligado a contribuir a  condicionar el comportamiento colectivo. En esos entonces se explotaba la situación y se conseguía sobrevivir vendiendo productos. A menos que los cárteles bancarios desaparecieran, el sádico sistema iba a prevalecer. La cultura donde floreció la teoría (¿o podía llamársele ley?) necesitaba almas mortificadas; no es culpa de La Sociedad Anónima, estaban obedeciendo ciegamente. Se trataba de construir el worst case scenario. Rechazar la naturaleza sexual de los individuos fue fundamental para muchas cosas. Más de una vez les dije que los amenazaran con infernal tortura eterna si tenían muchas parejas sexuales. Sin promiscuidad se evitaron innumerables oleadas de enfermedades de transmisión sexual. El caso de Ruggam fue un sacrificio necesario, como los demás. Mi celibato e interés en las ciencias biológicas fueron consecuencias directas de su diagnóstico. Si hubiera tenido una pareja estable, nunca hubiera aprendido lenguaje corporal. Las desoladas, observadoras y calculadoras mujeres aprendieron a controlarlos con sus dedos índices y demás alegorías cilíndricas, por no decir fálicas. No encontré mucha información acerca de la permanente contracción subconsciente del esfínter anal, pero una vez desaparece, el individuo experimenta menos ansiedad e intranquilidad. Ayúdenles como puedan a aquellos que cruzan sus tobillos, es signo de auto-rechazo. Dejen caer cosas pesadas cerca de ellos. Presionen botones con exagerada firmeza. Muéstrenles la mano empuñada y lentamente ábranla en su totalidad. Ciertos estímulos sensoriales provocan obvias reacciones que no he encontrado descritas en los libros de texto. Nadie hablaba al respecto. Sin aceptación, hay compulsión consumista y deseos de complacer a una sociedad que los rodea y rechaza. Suena cruel pero nos ayudó a ganar y como la teoría ya eclosionó, es prudente desechar el cascarón” – dijo Mads, esperando contribuir positivamente al desarrollo psíquico de sus antiguos aliados.

Mientras tanto, el joven Mads devoraba vorazmente los suplementos que los científicos proporcionaban cada 10 horas.

“Pinche orangután culero” – reclamó Mads en voz baja cuando se dio cuenta que 39 se había tomado el último jugo de uva.

“¡ROAR!” – 39 rugió mostrando sus colmillos amenazadoramente, intimidando al bravucón adolescente. Nadie había explicado por qué estaba encerrado y el gorila cabrón seguía imponiendo su dominio a cada oportunidad.

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