Thrice

Capítulo 5: From the Ashes the Phoenix Rises

Ruggam estaba monitorizando las actividades nocturnas de los estudiantes, los cuales creían estar operando en secreto. 39 había olvidado por completo la misión; los repugnantes científicos tenían una influencia demasiado fuerte sobre la criatura cárnica.

Su arreflexia llamó la atención de sus colegas y consiguió convencerlos de que todo seguía bien; argumentando que las competencias estaban tornándose repetitivas. De haber ignorado que estaba acabado, hubiera estado arrojando espuma por sus fauces, aplaudiendo como las otras focas.

No fue difícil convencer a los demás agentes de poner a 2 equipos contra 1. Pasó desapercibida su intención de fortalecer a Foxtrot.

Sabía que su cambio de actitud era circunstancial y hueco, pero esperaba que Foxtrot aprendiera algo de la derrota que se avecinaba. Quería acostumbrarlos a enfrentarse a rivales más fuertes, numerosos y astutos. Como LSA ansiaba extirpar la humanidad remanente en Foxtrot, Ruggam tenía que evitar que se vieran orillaos a habitar las profundidades de las cloacas de moralina que conocía tan bien.

Sartus y Malvolia tomaron una distancia precautoria de Iknotl y Latrommi por razones obvias; unos verdaderos aliados discutirían la problemática inmediatamente.

Como de costumbre, después de una semana se anunció quiénes protagonizarían la siguiente masacre. El escuadrón Foxtrot lucharía contra Alpha y Echo a la vez. Foxtrot era el último en la tabla de victorias, mientras Echo y Alpha ocupaban las primeras 2 posiciones respectivamente.

Iknotl supuso que era un castigo por haber infiltrado la red, pero no quería preocuparlos en vano, un alumno en shock era menos notable que seis.

A primera vista parecía que tendrían que usar el gran plan. Las peleas habían sido relativamente justas hasta entonces, pues cada equipo solía contar con el mismo número de contendientes. Se despejó la atmósfera de desconfianza en el grupo y se enfocaron en debatir qué entrenamiento sería necesario para adecuar al escuadrón para la siguiente justa lunar. Era su responsabilidad que el equipo Foxtrot no fuera quebrantado. Se adaptarían al número de oponentes que se pusieran en su camino. El principio era simple; neutralizar al impetuoso e ignorar al débil. Con el colapso del fuerte, los enclenques seguidores correrían como gallinas decapitadas, listas para la cocción.

Si Sartus estuviera a cargo del equipo mayoritario, sólo habría un oponente para los insignificantes y a los más fuertes los atacarían con todo el personal posible. Como descuartizar a una mosca con un lanzacohetes. Era imposible predecir quién sería atacado por más de 2 contrincantes, así que se prepararon para los peores escenarios imaginables. Si los líderes de Alpha y Echo tenían media onza de materia gris funcional, procurarían que la cabeza de Sartus fuera la primera en rodar. Una vez Foxtrot se viera desmoralizado, comenzaría el pantagruélico festín de sadismo.

¿Combatirían juntos o por sub-unidades? Separados serían difíciles de encontrar y tendrían jugosas oportunidades de eliminar a sus rivales uno por uno. Pero si un grupo numeroso los encontraba, todo el entrenamiento realizado sería insuficiente para evitar las fracturas y hemorragias que les obsequiarían. Si permanecían juntos, los identificarían con prontitud, los rodearían y sin esfuerzo alguno los doblegarían. La estrategia de sub-unidades sonaba más conveniente. Harían de su desventaja numérica una ventaja. El grupo supernumerario se desesperaría pronto, con la premura de alcanzar a humedecer sus puños con la sangre de alguno de los escasos oponentes. Esperarían en las sombras, hasta que los contrincantes perdieran la compostura y olvidaran por completo sus intenciones.

Todo tenía sentido para Iknotl por primera vez. LSA quería encausar su juvenil vigor y fuerza para destruir o ser martirizados por otros atletas de la misma edad. Como si los senescentes leones dominantes de 2 clanes diferentes se pusieran de acuerdo en secreto y convencieran a los jóvenes que podrían derrocarlos a neutralizarse mutuamente, logrando una conservación eterna del decadente status-quo. Repitiendo los mismos elementos sociales que se obviaban más en cada generación. Los veteranos que sobrevivieran, al regresar a casa, llegarían agotados física y mentalmente; deshabilitados para organizar y/o involucrarse en la única contienda que valdría la pena. Mientras los jóvenes y sanos se desbarataban irracionalmente, los alfeñiques manipuladores se apareaban con las solitarias cazadoras, evitando que las generaciones futuras entonaran el cántico del guerrero, menguando a la especie. La falta de motivación le impedía entrenar con el ahínco necesario, a pesar de estarse convirtiendo en un lastre para Foxtrot.

Latrommi sabía lo que pasaba por la mente de Iknotl y consideró darle palabras de aliento pero declinó, pues toda aficionada de la observación pasiva sabía que había que intervenir lo menos posible. Se alimentaba del dolor de allegados y desconocidos por igual, saboreando cada emoción ajena como si fuera propia. Las sonrisas de otros también la divertían, pero no eran tan complejas y adictivas como las tribulaciones. Veía a Iknotl como una amigable sabandija de naturaleza aprensiva. Si algún día dejaba de ser tan letal, fungiría como una excelente reportera; su inquebrantable integridad periodística le impediría interrumpir el perenne tormento de su cofrade. Su parasitaria relación se deterioraría si el hospedero dejaba de sufrir, por lo que procuraría prolongar su martirio sin destruirlo, como todo buen huésped.

Las escenas de diversos rincones del Instituto Ω se proyectaban en el lóbulo occipital de Ruggam mientras recordaba cómo habían fallado los fracasados de Foxtrot una de sus últimas misiones. Para continuar el proceso de desensibilización, se les encomendó realizar el asesinato de iniciación. Los habían llevado a una ciudad neutral, aprendiendo la rutina de un oficial enemigo. Habían intervenido sus vías de comunicación y encontraron su escondite. Se posicionaron en el edificio opuesto y con rifles de suficiente alcance acecharon a su presa. El impío enemigo parecía disfrutar de la interacción con sus reemplazos en miniatura. San Ruggam les ordenó abrir fuego y nadie respondió. Hizo bastantes amenazas pero nadie en Foxtrot accionó su arma.

Ruggam había pasado su prueba muchos años atrás, el primero en la brigada al obedecer obsoletas órdenes irracionales. Repitió el mismo comportamiento varios años y eventualmente se vio lleno de horribles condecoraciones. Insignias metálicas ancladas a su vestimenta. Un total imbécil con delirio de grandeza inadulterada.

Mientras hacía la recapitulación de los hechos, desde su retina periférica se transmitió la presencia de un intruso. Ruggam lo observaba avanzar a través de todos los recuadros mientras no movía un sólo músculo para alarmar a los demás, sorprendido de su velocidad. Tumbaban la puerta de su oficina de una enérgica patada mientras Ruggam se observaba levantarse a cometer otro homicidio más. No sabía porqué estaba viendo su propia silueta desde otra perspectiva y fue entonces cuando la propiedad destructiva que tiene la percibida lógica sobre las más descerebradas tramas oníricas no tardó en manifestarse.

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Capítulo 4: El Parabrisas del Tiempo.

Sabían que el enfrentamiento estaba a punto de dar inicio cuando las puertas quedaron selladas electromagnéticamente. Iknotl asintió lentamente mientras se sujetaba la piocha; Ruggam había llegado con una demora de 30 minutos y era de esperarse.

Sartus confirmó que el reciente descubrimiento de Iknotl involucraba a Ruggam. Cuando Latrommi compartió una breve mirada con Iknotl, cubrió su boca con una de sus manos. Al ver esto, Malvolia le dio un discreto y firme codazo al costillar de Sartus, el cual hizo un esfuerzo sobrehumano para suprimir su instintiva reacción de golpeo traqueal.

La repentina palidez de Iknotl y Latrommi era preocupante, pero Sartus esperaba ser informado oportunamente. Él y Malvolia habían estado especulando qué clase de información había encontrado Iknotl y por qué no la compartía con el líder de brigada. Sartus detestaba usar su rango como método de persuasión, pero tendría que recurrir a tal recurso si los secretos seguían en la oscuridad.

Mads ignoraba qué intrigas transitaban las mentes de sus aliados, su única preocupación era inhalar cuando Ulrika exhalaba para aumentar sus probabilidades de absorber una fracción de su distante esencia. Tenía la vaga impresión de estarse perdiendo de algo, pero su indiferencia reptiliana y refrescante carencia de emociones le permitían concentrarse en las piernas de sus compañeras. Carne joven y tierna, lista para la molienda. Había tantas que lo derretían con un vistazo, pero de acuerdo a las encuestas, era un total indeseable. ¿Quién soportaría su imperceptible pero innegable hedor mental? Quería palpar cada centímetro cuadrado de sus venusianos cuerpos, pero sabía que lo freirían al hacer tal sugerencia.

El exquisito sonido de una luxación mandibular no elicitó reacción alguna en los miembros del escuadrón Foxtrot, mientras todos en la audiencia emitían bramidos de exaltación psicótica; exigiendo que se infligiera más dolor y que el flujo de lesiones no cesara.

A los ojos de Ruggam, la batalla fue superficial y sangrienta, pero nada impresionante. Sus adolescentes fuerzas y soporíferas ojerizas no merecían su atención. Ya no se divertía a expensas de los rapaces.

Cuando su turno terminó, abordó su ignítrofa máquina y la llevó hasta su límite superior. La monotonía de la carretera le recordó que el gran viaje estaba cerca de finalizar. Sabía que la mayoría de las decisiones que había tomado a lo largo de 3 décadas no habían sido convenientes. Sus infinitesimales aciertos eran insuficientes para contrarrestar a sus innumerables errores. Sin embargo, tenía la convicción de que aún podía hacer algo, aunque no sabía si sería de mucha importancia. Ya había producido una enorme lista de imposibles, pero todavía no había considerado qué cosas seguían siendo viables para su infectado y horrendo ser.

¿Debería inmolar a la monstruosidad que estúpidamente había protegido y nutrido por tantos años? No conocía la respuesta, pero tuvo una corazonada que le informó que podría tratarse de la tarea que haría que su estancia en el planeta valiera la pena, y si ese no era el caso, por lo menos su última aventura sería la más emocionante de todas.

Era obvio que no vería la conclusión de la contienda, pero tenía la oportunidad de arrojar la primera piedra y no la iba a desaprovechar. Sabía dónde encontrar a los reclutas, el armamento y las técnicas que harían de la operación un éxito. Ahora que lo pensaba más detenidamente, había cierta cofradía que sería útil en tal misión. El escuadrón Foxtrot no había estado delirando como los demás durante la pelea de la noche previa. ¿Era posible que estuvieran resistiendo las estrategias de alteración mental de LSA? No era recomendable adelantarse a los hechos. Debería asumirse como el único miembro de la resistencia, pues nadie más consumaría esas asignaturas.

Esperaba que nadie se enterara de sus visitas a los laboratorios subterráneos. Había tenido que desactivar brevemente los seguros de las puertas fingiendo una actualización que no estaba en el registro. Era improbable que alguien realizara el extremo escrutinio que sería necesario para descubrir sus frecuentes reuniones con 39; un espécimen buscado por todos los criptozoólogos del mundo. LSA estaba estudiando su comportamiento, evaluando su lealtad y potencial destructivo. 39 había aprendido el lenguaje de los secuestradores y había desarrollado algo similar al síndrome de Estocolmo, viendo a sus captores como amistades. Ruggam estaba fascinado con el privilegio de interactuar con una especie considerada imaginaria.

El espécimen aprendía a gran velocidad y con frecuencia era una desventaja, pues creía cualquier cosa que le dijeran. Parecía carecer de la capacidad de discriminar entre verdad y mentira. LSA estaba siendo cautelosa, procuraban que desarrollara permanentemente un estilo de vida sedentario para que sus músculos se atrofiaran y no pudiera despedazarlos en caso de que entraran en un desacuerdo. Ruggam hizo las alteraciones pertinentes al sistema automatizado que dictaba la rutina del humanoide/goriloide. Le dijo, a grandes rasgos, que podría ser libre. Los ojos de 39 se iluminaron, no dudó y comprendió que era obligatorio seguir las indicaciones al pie de la letra; fortaleciéndose todo lo posible cada día, preparándose para la tenebrosa serie de eventos profetizada por Ruggam. La vacía mirada y sempiternamente ingenua sonrisa de 39 era tranquilizante, esperaba que detrás de ese amigable rostro no se encontrara una pútrida y traicionera red neuronal.

Había escuchado que la esperanza era el primer paso en la ruta hacia la decepción y estaba dispuesto a arriesgarse. 39 no sospechó que Ruggam estuviera librando una lucha microbiológica que iba a perder. Todo lo que podía ver era a uno de los secuestradores siendo amigable. Ruggam le instruyó que siguiera actuando débilmente frente a los científicos que lo estaban estudiando, pues si se percataban de su aumento de poder, recalibrarían el sistema que condicionaba su comportamiento.

A velocidades tan altas, muchos insectos estaban desparramándose contra el parabrisas de su carro, brindándole un ejemplo de su situación venidera. No era diferente a los bichos cuyas entrañas estaban esparcidas en la superficie del escudo de cristal. Cronos conducía su infernal máquina hacia él y no podría evitar desparramarse contra su parabrisas.

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Capítulo 3: Balas Perdidas

Eran tres mozuelas que habían pasado tanto tiempo juntas, que sus periodos carmesís estaban sincronizados. Malvolia llevaba varias eternidades embarrándose pigmentos en el rostro mientras Ulrika y Latrommi intercambiaban miradas desesperanzadas; apresurarla sólo la ralentizaría y no iban a partir sin ella.

Había tensión entre las diversas facciones de estudiantes del Instituto Ω; se formaron alianzas por conveniencia más que por fraternidad. Cuando alguien era sorprendido en soledad, sus canibalísticos semejantes empezaban a salivar. El sistema funcionaba, estaban divididos en seis pandillas de seis integrantes. La población se había reducido drásticamente a través de los años. Sólo los más desenfrenados habían pasado los filtros de la institución.

Cada hermandad se había declarado dueña de una región estratégicamente importante del Instituto Ω. Preparaban emboscadas para los intrusos que se atrevieran a deshonrar su sagradísimo territorio. No lo hacían por idolatrar a las edificaciones de las que se habían apoderado; cuando uno ama apasionadamente atormentar almas ajenas, cualquier pretexto basta. Habían aprendido que una pelea injusta era una victoria fácil y no tardaban en poner sus conocimientos en práctica con sádica inventiva.

Una vez Malvolia terminó de hacer ajustes casi imperceptibles en su cabello, el trío de féminas salió del dormitorio.

Los gremios se reunían en el coliseo cada luna llena. Esos encuentros estaban destinados a fortalecer el espíritu competitivo que habita el cráneo de cada combatiente. Hasta hace unos años jugaban partidos de algunos deportes; sin embargo, la maduración sexual vino acompañada de la característica furia frenética y la tradición evolucionó con ellos.

Los cálidos corazones de los custodios estaban colmados de comprensión y algo de sangre; exhortaban a los estudiantes a canalizar su creciente e irracional sed de destrucción de la manera que quisieran durante los combates cuasi-mensuales. Durante las tertulias lunares los alumnos se dañaban los unos a los otros mientras los guardias hacían apuestas.

Cuando las chicas llegaron al punto de reunión, lo encontraron desolado.

“Partieron sin nosotras esos cabroncetes” – Dedujo Malvolia al no detectar el acre aroma de los otros miembros de su simbiótico grupo.

“Sigamos, no podemos desperdiciar más tiempo” – Ulrika quería ver los combates de principio a fin y a veces se perdían de los primeros minutos por culpa de la más vanidosa del equipo. A Malvolia no le importó que Ulrika hubiera enfatizado la palabra que había enfatizado, pues se consideraba la líder y a una líder no le importaría si sus secuaces la criticaban de vez en a cada rato.

Ruggam estaba sentado frente a varias filas de monitores con los ojos bien abiertos, sin enfocar ninguna de las escenas contenidas en los rectángulos. Ya sabía que la mayoría de los monstruos adolescentes estaban en el coliseo; algunos esperando ver una carnicería, otros ansiando protagonizarla. Asuntos existenciales ocupaban la mente del guardián, el cual seguía sin saber qué hacer con lo que le quedaba de vida.

Iknotl fue el primero en percatarse que algo extraño sucedía con el jefe de vigías nocturnos. Como de costumbre, estaba intentando accesar a la zona restringida de la base de datos electrónica del instituto. Sin embargo, las barreras cibernéticas que habían frustrado sus intentos anteriores estaban misteriosamente inactivas. Mientras Iknotl descubría los planes que LSA había hecho para cada uno, Sartus y Mads seguían practicando su puntería con las armas que habían tomado subrepticiamente del almacén de los vigilantes.

La gran velocidad de lectura de Iknotl era insuficiente para leer en ese ratito todo lo que había descargado a su terminal. No compartió sus hallazgos con Mads y Sartus, esperaría a hablar con Latrommi, pues era la única persona – además de él mismo – que no estaba desquiciada.

“Larguémonos, se acabó el parque” – Dijo un Sartus que quería seguir disparando por los siglos de los siglos. La falta de municiones también entristeció a Mads, pero permaneció silente.

“Es probable que nuestra breve demora las haya hecho emputar” – Dijo Iknotl, intentando mantener la camaradería habitual. Mads pensó que era raro que Iknotl usara palabras altisonantes, pero justo cuando iba a inquirir, una luciérnaga de feliz volar tomó como rehén a su atención.

“¿Ibas a decir algo?” – Preguntó Sartus.

“No, ¿pareció que estaba por decir algo importante?” – Contestó Iknotl, discretamente tembloroso.

La pregunta era para Mads, el cual seguía contemplando a la luciérnaga que acababa de encontrar a su refulgente familia. Sartus empezó a formular sus propias sospechas, las cuales discutiría sólo con Malvolia, pues era la única persona – además de él mismo – que no estaba desquiciada.

Encontraron a la otra mitad del equipo a mitad del camino. En lugar de la habitual sesión de reclamos que ocurría después de cada promesa rota, Sartus e Iknotl acudieron con la única persona cuerda que conocían, compartiendo información confidencial a espaldas de los desquiciados.

Mads y Ulrika quedaron solos al final de la fila. Los susurros de los demás inquietaban a Ulrika, pero no pensaba que Mads fuera una fuente fiable y no quería activar su paranoia, parecía tranquilo esta noche y sus teorías nunca eran acertadas.

“Nunca me hablaste sobre Ulrich” – Comentó Mads al haber notado que Ulrika escudriñaba un grupo de lunares en el dorso de su mano. Alguna vez la escuchó decir que eran como los de Ulrich.

“Está bien, aunque no sé si recuerde todo” – Ulrika había evitado hablar sobre su fenecido héroe/hermano por bastante tiempo. Nunca había escuchado a Mads divulgando historias personales, era una tumba a la que le confiaría una de sus primeras memorias.

Ulrich quería participar en el conflicto armado que el pueblo estaba librando contra el gobierno local. No entendía las razones, pero sus padres le encomendaron alejar a Devolty de la zona. A pesar de no rebasar los 11 años de vida extra-uterina, quería ayudar a la causa.

“Ya tendrás tu oportunidad, estarán bien cuando hayan cruzado el río” – fueron las últimas palabras que su padre le dijo.

Devolty acababa de aprender a caminar y sus piernas bebés no la llevarían muy lejos. Ulrich obedeció y puso a la cría en una carreta y emprendió el que sería su último viaje.

“Sus plantas transgénicas están profanando nuestro suelo y yo aquí de niñera. La canción era muy explícita” – Dijo Ulrich entre dientes mientras Devolty disfrutaba de un viaje en carreta en esa mañana nublada.

De repente, desde la fortaleza donde estaban guarecidas las personas de la comunidad empezaron a resonar muchos disparos. Ulrich empezó a correr más rápido mientras un par de lágrimas se deslizaban por sus cachetes. Devolty se aferró a los lados de la carreta y no le preguntó a Ulrich por qué lloraba.

La llanta de la carreta rodó sobre una mina de proximidad que habían plantado unos aviadores atarantados, proyectando estruendosamente a los niños en distintas direcciones. Devolty cayó al lado del camino, las laceraciones que había en su piel no causaron dolor alguno.

“¡Escóndete!” – Gritó Ulrich mientras preparaba sus pistolas, sabía que algunos soldados vendrían a buscarles.

Un batallón de uniformados se apareció pronto y Ulrich no tardó en horadar los cráneos de cada uno de ellos. Los felones pronto se convirtieron en unos bultos. Sin saber por qué, hizo algunas detonaciones hacia el horizonte, agotando sus balas. Soltó las armas de fuego y fue hacia Devolty. Tomándola en sus brazos, siguió caminando hacia el río.

“¿Por qué claudica tu marcha?” – Preguntó Devolty, sintiendo los fuertes latidos del corazón de su hermano.

“No sé cómo sabes esa palabra” – Contestó Ulrich, sonriendo por última vez.

Al llegar al río encontraron a un hombre en una balsa, esperándolos.

“Cuídela, vienen más y no puedo remar en estas condiciones” – dijo Ulrich mientras ponía a Devolty en los brazos del hombre.

“…” – El hombre aceptó el sacrificio del valiente Ulrich sin contradecirlo.

Ulrich desenfundó su machete mientras su hermana se alejaba en compañía de un amigable extraño. Inmediatamente empezó el camino de regreso a la fortaleza, desde donde seguían escuchándose balazos; menos que al principio. Devolty siguió viéndolo, esperando que diera media vuelta y se despidiera, pero no fue así.

Cuando la balsa llegó al otro lado del río, se oyeron algunos disparos en la cercanía y Devolty sabía que su hermano ya no traía balas ni pistolas.

“Desde entonces me cambié el nombre” – Ulrika terminó su relato antes de que la emoción le ganara a sus ojos secos.

“Yo también viví cerca de un río durante la gran guerra, aunque nomás recuerdo una escena” – Comentó Mads, procurando distraer a Ulrika, pues no quería verla llorar.

Mads estaba en los brazos de su madre, la cual estaba rodeada por un grupo de traidores. Los sollozos de la mujer no disuadieron a los hombres de su satánica labor. Arrebataron al infante de sus brazos y justo entonces cayeron inertes al suelo. Un pistolero de la lejanía salvó su vida. La mamá recogió al bebé y siguió corrriendo.

Mads y Ulrika se miraron a los ojos sin decir nada más.

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Tendixdiez

En 2005 hice el propósito de subir una breve nota cada que el número asignado al día, mes y año, se repitiera 3 veces. Estaba convencido de que se trataría de fechas extraordinarias nomás por la coincidencia numérica. El pensamiento mágico es clásico en esquizoides insomnes-nada que un neuroléptico no pueda destruir. Me gustaría poder ignorar lo que sé sobre los orígenes del calendario gregoriano, entre otras cosas. SEPTiembre solía ser el SÉPTimo, pero es el 9 porque un par de ególatras querían fama. Además, sólo tomé en cuenta el sistema occidental para el último par de milenios… Las irregularidades históricas abaratan mi tradición.

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Capítulo 2: Instituto Ω

Su nombre era Ruggam y tenía una insólita organización tisular; era un ser humano según la voluntad de 46 arcanos cromosomas. De acuerdo con los resultados de las numerosas pruebas realizadas, su feroz e implacable ejército de burbujas había sido invadido por mortíferos trozos de información ribonucleica.

¿Se trataba de un experimento evolutivo? ¿Guerra microbiológica inter-especies? Nunca lo sabría; todo indicaba que era otra absurda casualidad en la infinita serie de coincidencias que inicialmente le permitieron vivir.

El lúgubre optimismo que su médico tratante inculcó fue motivación suficiente para dar inicio a su propia investigación bibliográfica. Cuando consultó a la ciencia desarrollada por aquellos que lo antecedieron, ratificó que ya se había acabado el 93% de su experiencia en el cosmos. Su impostergable fecha de caducidad se aproximaba con celeridad mefistofélica; suponiendo que el demonio promedio:

1. Existe.

2. Alcanza velocidades supra-lumínicas (entre otras malignas destrezas).

Estaba solo, en una guarida que no tenía un microgramo de hogar. Sentía aversión por todas y cada una de las aplicaciones tecnológicas que conocía, entre ellas ELISA. Después de cerrar el detestable circuito eléctrico oculto en los muros de su baño, una resistencia de tungsteno comenzó a rutilar.

“Así que ya me cargó la chingada” – pensó Ruggam mientras escudriñaba sus feas y fruncidas facciones faciales frente al espejo. La cara reflejada por el cristal rectangular era la de un Homo sapiens sapiens encabronado y encandilado.

Desde las primeras etapas de su vida se consideró alguien incomparablemente “particular” y por fin contaba con sólidas evidencias que justificaban esa creencia tan soberbia. Formaba parte de un eclectiquísimo club que cada año expedía sólo tres millones de membresías nuevas a nivel mundial. La credencial oficial de Ruggam llegó más tarde de lo que le hubiera gustado, pero ya sabía cuál minoría estadística lo incluía, y desafortunadamente no era la de los superdotados o longevos.

A la mierda con los sueños de una vejez sumergida en enteógenos. Los bebés innominados, jamás. Nunca se convertiría en el dueño de rascacielos y empresas multinacionales. Harem de varios pares de monísimas y mudas mellizas monocigóticas, adiós.

Dentro de poco, las razones carbónicas que tenía para creer en su propia existencia iban a estar pudriéndose en el subsuelo… en caso de que se deshicieran del cuerpo–ignoraba quiénes, calculaba cuándo–de la manera tradicional en ese entonces y en esa zona.

¿Su inerte carcasa en descomposición merecería un funeral con todo y emotiva sepultura, o sería cercenada por un robot ciego? ¿Taxidermia? Últimamente era incapaz de responder la mayor parte de las preguntas formuladas por ciertas regiones de su corteza cerebral.

Llevaba una semana sabiendo que era portador de la marca funesta. Por unos instantes consideró abandonar sus actividades cotidianas para dedicarse de tiempo completo a actividades lúdicas, pero encontró la idea reprobable cuando aceptó que estaba a punto de resolver el enigma del final de los días. Además, era un anhedónico empedernido.

El brujo mencionó que la gran mayoría de los muertos desaparece sin haber intuido cuándo fue que comenzó la cuenta regresiva de sus postreros 1000 ciclos ventilatorios. Casi nadie está preparado para recibir reanimación cardiopulmonar infructuosa por primera vez. Miles más marchaban con firmeza hacia el mismo círculo infernal y sólo un puñado sabía cuánto faltaba para llegar.

¡Vaya lujo!

Estar al tanto de su próximo fallecimiento invalidó sus prioridades instantáneamente. De repente fue imposible ignorar a la inefable afabilidad propia de cada ecosistema. Su recién resucitada conciencia era insoportable. El inexistente “hubiera” se presentaba en su imaginación cotidianamente y no contaba con los medios para evitar la autoflagelación psicológica.

Tenía más de una década de experiencia como profesional en la repartición de desdicha. Sus manos estaban teñidas de los indelebles fluidos vitales ajenos que había convertido en charcos. Finó a multitudes en nombre de unos acaudalados conspiradores en cuya presencia nunca había estado. Como recompensa, los generosos patrones le dieron enormes cantidades de plata virtual que–hasta hace unos días–sustentaba vívidas ilusiones de bienestar pleno.

A pesar del deprimente contenido de sus elucubraciones, era sorprendente registrar emociones tan prominentes; juraba que los descalabros que maceraron su infancia lo habían insensibilizado permanente e irreversiblemente. ¿Había reencontrado a su espíritu? No, pero esperaba que fuera un comienzo.

La jornada de trabajo estaba por empezar, su reflejo desapareció al apagar la luz. Con pupilas dilatadas transitó un camino que se sabía de memoria. Salió de sus aposentos más temprano de lo habitual porque quería dar un lento paseo contemplativo.

Entró al establo donde su medio de transporte tomaba una siesta, era la posesión que más iba a extrañar (aunque maldijera el nacimiento del método científico). Un bermellón corcel de combustión interna relinchó vigorosamente cuando Ruggam lo despertó con una inyección de gasolina en 6 de sus 12 gargantas. Desaprovechando las centenas de caballos de fuerza que tenía bajo el cofre, avanzó hacia la carretera a vuelta de rueda. El tacómetro indicaba que estaba utilizando menos del 10% del poder de la primera velocidad.

Según su criterio, era muy tarde para rectificar su senda. Cualquier acto altruista sería hipocresía pretensiosa. Se había cansado de lamentarse y estaba acostumbrándose a la idea; después de todo, nunca tuvo motivos para asumirse indestructible.

La seriedad de las noticias que acababa de recibir no alteró su récord perfecto de asistencia. La Sociedad Anónima le asignó ese proyecto porque tenía suficientes condecoraciones en su expediente.

Le gustaba ser el director de seguridad del turno nocturno en el Instituto Ω. Ruggam fue entrenado en un lugar similar, mucho tiempo antes. Tenía que vigilar a los vigilantes, los estudiantes eran extremadamente valiosos para La Sociedad Anónima. Aunque se encontraban en una isla que no estaba en los mapas, no podían bajar la guardia. Había varias organizaciones secretas con las que combatían una guerra de la cual los medios de comunicación masiva no estaban enterados.

La Sociedad Anónima había conducido experimentos sociales por más de 3 siglos; a esas alturas tenía bien delimitado el perfil ideal de un guerrillero efectivo. La variedad racial del conglomerado de educandos hacía evidente que La Sociedad Anónima tenía potestad en muchas partes del mundo.

Aunque manejó tan despacio como pudo, el trayecto de 100 km. le pareció brevísimo. Se estacionó donde siempre y sonrió cuando recordó lo que implicaba que la luna que decoraba el firmamento estuviera llena.

Hizo una escala antes de llegar a su oficina, un reloj checador tenía que emitir un certificado electrónico de la puntualidad de Ruggam.

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999

Tres veces nueve.
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Capítulo 1: Su Ausencia

Mads veía a la luna llena mientras practicaba su pasatiempo habitual: “Echarla de menos mientras siga siendo posible.” La extrañaba toda; inolvidables constelaciones de lunares, regüeldos mal disimulados y una misteriosa mirada asimétrica. La dama se llamaba Ulrika y era la flor del barrio. Mads vivía reconstruyendo cada etapa de su extinto idilio sin hacer nada más que sonreír. Su memoria más feliz–la única que importaba–se repetiría en el cinematógrafo mental por el resto de sus días y no pensaba que fuera un desperdicio.

“No pienso que pensarla sea un desperdicio” – le dijo Mads al silente bosque, remedando al narrador imaginario que se había instalado en su psique desde tiempos inmemorables.

Eventualmente la estrella más cercana volvió a ser visible y el cielo ya no se podía llamar noche. El calor solar se sentía artificial porque Ulrika lo había acostumbrado a una clase de reacciones exotérmicas que nada en el universo podría recrear. El calendario decía que habían pasado 2 años; en aquel tiempo Mads buscaba una razón para vivir y encontró una para morir. Ahora poseía una verdad muy cara, pero su hipótesis ya era ley. La vida no parecía tener nada más que mostrarle, se dedicaba a revivir encuentros, frases, bromas, sabores. Recordar la última vez que sus ojos la habían enfocado siempre aceleraba su pulso:

“¿Prefieres verme convertido en un asesino o en un cadáver?” – Había habido honestidad letal en los ojos de Mads, el periodo de las sonrisas huecas había quedado muy atrás; había previsto los movimientos de Ulrika con bastante precisión, sólo faltaba el ingrediente más espectacular.

“Hay alternativas” – dijo Ulrika mientras sus mejillas se refrescaban con lágrimas recién secretadas. Mads pensó que se trataba de otra de las tretas que empleaba para romper el contacto visual.

“¡No existen! Si estoy en lo correcto, vas a…” – dijo el sabio Mads mientras veía cómo Ulrika hurgaba en su bolso; sus senos se inflaban y desinflaban con bastante rapidez.

El dorso de la lengua de Mads percibió el desagradable sabor de las tragedias anticipadas.

“Nunca te voy a olvidar” – informó Ulrika mientras disparaba, sus balas transmitieron el mensaje que esas gotas habían prometido.

Poco después de los estruendos que la mano derecha de Ulrika provocó, la sangre de Mads se salió de sus vasos y se coaguló en el asfalto. Algunos de sus tejidos habían sido atravesados por varios gramos de plomo precipitados a una velocidad suficiente como para provocarle la muerte. En el suelo de un sucio callejón Mads llegó a sus últimas conclusiones; el más triste de sus miedos se había confirmado. Ulrika no se quedó a presenciar el ocaso, llevaba prisa y su agenda era más importante que los instantes finales de otro de sus instrumentos biológicos. Él había pronosticado la traición de Ulrika desde mucho tiempo antes y aún así acudió a su llamado, como bestia pavloviana. Hizo las paces con la vida una noche de luna menguante, era risible haber muerto en una situación tan ridícula.

Sin embargo, los científicos de esa época aceptaban con avidez los retos propuestos por la vida cotidiana y cuando el casi-cadáver de Mads fue llevado al hospital más cercano, nadie le negó la oportunidad de vivir otro día. Unos supuestos expertos restituyeron el balance en el organismo multicelular que se hacía llamar “Mads” y lo dieron de alta unas semanas después.

Sabía exactamente dónde encontrarla, pero cuando salió del nosocomio no la buscó. Pensaba en ella todo el tiempo, mas no hacía planes que la incluyeran. Sólo quedaba esperar; el “amor” tendría que morir al mismo tiempo que la última de sus neuronas. Aunque los sistemas funcionaran debidamente–en la opinión de algunos usuarios de batas blancas–Mads no se consideraba un ser vivo. No se arrepentía de haber confiado en ella hasta el final pero lamentaba haber sobrevivido. Si la muy estúpida hubiera apuntado bien…

La máquina del tiempo que tenía alrededor de su muñeca izquierda emitió un breve memorándum auditivo que lo regresó al presente. Había existido un período en el que tal información hubiera incrementado su constante ansiedad, pero esta vez sólo eran las ocho, sin connotaciones espeluznantes. Había vivido una época contra el reloj, habían sido mejores días y los reviviría en su mente hasta que su cuerpo se diera por vencido.

“¡PERO QUÉ MOLÉCULAS TAN HERMOSAS! ¿Dónde las encontraste?” – Mads preguntó en voz alta, uniéndose al bullicio matutino producido por la fracción diurna de la fauna local. El bosque ya estaba acostumbrado a su presencia.

“En los alrededores, una maravillosa criatura capaz de comer luz las sintetizó exclusivamente para mí” – Se contestó, sonriéndole al entorno y a los depredadores que se encontraran escondidos.

Los soliloquios se habían convertido en su favorita herramienta conservadora de locuacidad; hablar resultaba ser muy útil cada que se encontraba con seres familiarizados con su dialecto (algo que ocurría por lo menos una vez cada 30 rotaciones planetarias en esos tiempos de misantropía).

“Asegúrate de agradecerle de mi parte, si algún día la vuelves a ver”

“¡Por supuesto, noble Mads!”

Llevaba 2 meses en ese sitio, iba tener que volver a la ciudad una vez reiniciaran las lluvias. Regresaría a la metrópoli sólo para ejecutar a 39. Y para saber dónde estaba 39 tendría que nterrogar a Ulrika–asumiendo que siguiera con vida. No sabía exactamente cómo lograría obtener la información, pero iba a hacer su mejor intento.

Sus acciones podrían evitar una catástrofe, ese había sido el plan de Ruggam y llevaría a cabo la última voluntad de su amigo muerto. No permitiría que Malvolia se enfrentara a 39 cuando el tiempo se cumpliera. Quería ser el portador del último rostro que ese demonio vislumbrara en su espantosa existencia. No iba a ser fácil, pero no podía darse el lujo de dejar cabos sueltos. Además, estaba enfadándose de ser el único en soportar su propia compañía.

Habitar esa región olvidada por la sociedad también era parte del plan. Tenían que darle suficiente tiempo a 39 para conseguir que se sintiera como una bestia victoriosa. Una predecible bestia victoriosa bajaría la guardia.

Mads no podría vencer a 39 por su propia cuenta, era necesaria la cooperación de la dulce Malvolia. Confiaba en que ella estaría haciendo la parte que Ruggam le había encomendado: infiltrar la organización paramilitar de 39.

Ruggam les había contado todo acerca del Gorila Sapiens llamado 39.

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